¡Anda, dale un besito a mis piecitos, un pequeño besito!
2024-06-29
**Relato ficticio.**
**Contiene: Familiares y fetiche de pies.**
Mientras ambos estaban acostados en el pequeño sofá, viendo La Rosa de Guadalupe o alguna otra telenovela mexicana tonta en la televisión, Alejandro no podía evitar admirar los pies perfectos de su prima. Los arcos de sus plantas, su piel canela, y sus hermosas uñas pedicureadas con esmalte blanco.
No solo sus pies eran preciosos, ella misma era jodidamente sexy. Una morenita con gran culo, buenas tetas, y unas piernas tonificadas por deporte que resaltaban muy bien gracias a los apretados shorts de volley que ella traía puestos.
Alejandro miró hacia la televisión por un segundo, y cuando intentó volver voltear a ver a las uñas blancas de su prima, se las encontró a escasos centímetros de su cara. Su prima había cambiado de posición, y acababa de reposar sus pies sobre el pecho de Alejandro.
—¡Valeria, quita tus apestosas patas sudadas de mi vista! —ladró Alejandro.
Quizá tenía un pequeño fetiche de pies, pero obviamente siempre actuaba como si no lo tuviera. Al fin y al cabo, ella era su prima, y era difícil para Alejandro admitir que hallaba a su prima algo atractiva, y aún más admitir que le atraían los *pies* de su prima.
—¡¿Pero que dices, pendejo?! ¡Están limpios cabrón! —respondió Valeria, enojada de manera juguetona.
Ella tenía razón. Alejandro tan solo trataba de molestarla; aunque ambos primos estuvieran empapados en sudor debido al calorón de México, y la falta de aire acondicionado en la casa, los pies de Valeria no olían para nada. Probablemente porque debido a ese mismo calorón, Valeria y su mamá, la tía Andrea, siempre andaban descalzas o en chanclas, dandole así espacio a sus pies para que se oreen. De todas las cosas que Alejandro (el cual vivía en Estados Unidos) odiaba de que lo mandasen a la casa de su tía Andrea allá en México, el calor insoportable era la más grande.
—Wey, créeme, ¡esas madres apestan! —replicó Alejandro. Otra vez, una mentira. Ambos sabían que Alejandro mentía, pero, ¿que importaba? Era molesto para Valeria, y eso es lo que importaba. Molestarse e insultarse mutuamente en modo de broma era una algo muy común en su relación.
—Bueno, ya deja a mis pobres piecitos en paz, ¡¿no?! Te lo juro, con que digas una sola cosa más sobre mis patitas, las vas a sentir estrellarse contra tus huevos —amenazó Valeria —aparte, no puedes estar hablando en serio, digo, ¡tan solo míralas! ¡Son tan hermosas! —dijo Valeria mientras levantaba su pie —¿apoco no son súper lindas y femeninas? Anda, ¡dales un besito! —dijo Valeria, mientras le intentaba restregar sus pies a la cara de Alejandro y reía de manera juguetona.
—¡Ni de chiste! —expresó Alejandro, con una cara de asco falsa.
—¡Anda! ¡Dale un besito a mis patitas! Un pequeño besito! —dijo Valeria bromeando, todavía intentando restregar sus pies en la cara de su primo, el cual se rehusaba.
A pesar de rehusarse, en el fondo, Alejandro soñaba con besar esos hermosos pies. Por ello, después de un poco de actuación, finalmente se “dió por vencido” ya que ella “estaba insistiendo mucho”. *Sí, como no*.
Mientras Alejandro se inclinaba hacia los pies de Valeria, el tiempo parecía ralentizarse para él. Le dio un beso delicado, casi como si estuviese besando l mano de una noble princesa. La risilla de Valeria se seguía oyendo; ella pensaba que toda esta situación era bastante entretenida.
—¿Ves? No fue tan malo como te lo imaginabas, ¿o sí? ¡Eres demasiado dramático!
—Fue malísimo, esas cosas son repugnantes… —dijo Alejandro, susurrando.
—¡¿Disculpa?! ¡¿Acaso escuche lo que creo haber oído?! ¡¿Podrías repetir lo que dijiste?! —preguntó Valeria, en una voz amenazante.
—¡Con gusto, dije que…!
**SMACK!!!**
Justo cuando apenas iba a repetir más fuerte su oración, un fuerte dolor explotó en sus huevos al momento que el pie de Valeria golpeó sus gonadas desde arriba. A pesar de que Alejandro poseía un fetiche de pies, él no tenía un fetiche de ballbusting, así que cuando digo que él no disfrutó del dolor, él **NO** disfrutó el dolor.
En cambio, Valeria tampoco tenía un fetiche de ballbusting, pero les estaría mintiendo si les dijera que ella no disfrutó el sentir cada uno de los dedos de sus pies hundirse en la carne testicular de su primo, aplastándolas contra su pelvis mientras provocaba en él un dolor únicamente masculino que ella misma jamás experimentaría debido a su falta de… bueno, quizá *sí* tenía un *pequeño* fetiche de ballbusting, pero ella todavía no lo sabía, *aun*.
—No me gustaría decirte “te lo dije”, pero, *te lo dije* —dijo Valeria, sus palabras sobreponiéndose a los sonidos de dolor emanando de Alejandro. Valeria estaba algo orgullosa por dentro; aquellos sonidos que Alejandro producía eran gracias a que ella había machacado la virilidad de su primo con ese mismo pie que él había osado a insultar.
—*¡CARAJOOO!* —gritó Alejandro, tratando de retener las lágrimas causadas por el dolor que se iba poniendo peor con cada segundo que pasaba.
—¡Ey, esa boquita! —la voz desde el otro cuarto de la tía Andrea atravesaba la pared —esas palabras no estas permitidas en esta casa, jovencito, si te vuelvo a oír pronunciando tales majaderías, ¡te voy a castigar!
—Perdón mamá, es que Alejandro me pidió que le pasara el control de la tele, y cuando se lo aventé, cayeron en sus bolitas por accidente, *¿verdad, Alejandro?* —dijo Valeria, con una sonrisa traviesa.
Alejandro estaba sumamente avergonzado y humillado, pero sabía que Valeria era completamente capaz de volver a azotar sus bajos, algo de lo que él no podía darse el lujo de. Por lo tanto, solo le siguió el juego a su prima e intentó hablar lo más normal que pudo, a pesar de su dolor que seguía empeorando:
—Sí, tía Andrea, ¡lo siento mucho! ¡Prometo que no volverá a suceder jamás!
Las carcajadas de la tía Andrea se escucharon desde el otro cuarto. Era obvio que ella intentaba no reírse, pero no podía aguantarse la risa.
—Está bien chicos, ¡tengan cuidado por favor!
Después de algunos minutos de oír los gemidos de su primo, y ver las expresiones de dolor en su cara, Valeria se sorprendió por el poder que ella poseía, y se le ocurrió una idea.
—Alejandro, ¿sigues ahí?
—¡Sí! ¡¿Qué chingados quieres? —respondió Alejandro, sumamente molesto.
**SPLAT!!!**
Otro golpe provocado por el pie de Valeria, este más débil que el último, pero aun así doloroso.
—¡Se dice “mande”, no “que”, imbecil! ¡Recuerda que soy mayor que tú, y aparte mi mamá dijo que ya no estuviera diciendo maldiciones! —respondió Valeria, ofendida. Ciertamente tenía razón, ella era un año mayor que su primo, el cual tenía 18.
Valeria le dio unos cuantos minutos más para descansar, y por mientras, la temperatura subía, y Valeria se estaba sintiendo agotada.
—Chingado, ¡¿por qué hace tanto calor?! —se quejó Valeria, mientras se despejaba el cabello sudado de su propia frente —estoy sumamente cansada y mis piecitos están cansados por el juego de ayer. ¿Te molestaría darme un pequeño masaje de pies?
Esta era una oportunidad dorada para Alejandro, sin embargo, todavía insistía en mantener su gusto por los pies oculto.
—¡Ni de chiste, eso ya es ir demasiado lejos! Aparte, ¿cansada de qué? ¿de perder? ¡Barrieron el piso con ustedes ayer! ¡¿Cuando te darás cuenta que el equipo de ustedes apesta, y que tu, especialmente, eres la peor de todas?! —respondió Alejandro, todavía algo molesto.
Ahora, Valeria estaba **FURIOSA**. Ella era muy apasionada del voleibol, y había estado genuinamente decaída por el último partido que tuvieron. Por accidente, le había regalado el punto ganador al equipo contrario; era un tema sensible para ella. Llena de rabia, Valeria se sentó velozmente, y lanzó su mano sobre los delgados shorts de basquetbol que traía Alejandro. Tomó un agarre viciosa de pura carne testicular, y apretó.
—Escúchame bien, cabrón. ¡No sabes nada! ¿Así que te crees muy listo, eh? Pues quizá te convendría recordar quien de nosotros tiene la vagina, y quien tiene testículos —Valeria dijo entre dientes con esfuerzo, mientras seguía apretando más y más —ahora, o te callas y me das una buena sobada de patas, ¡o te arranco estas cosas inútiles que tengo en mi mano! ¿Entendido? —ella acentuó esa última palabra, torciendo y apretando con cada gramo de fuerza que poseía.
Mientras tanto, Alejandro hubiese preferido morir que experimentar semejante dolor. Era el peor dolor que había tenido en su vida, *todavia*. En esos momentos, hubiese dicho que si a lo que sea con tal de que Valeria detuviese la masacre que ella estaba cometiendo dentro de sus shorts.
—¡Sí, sí, lo haré! ¡Por favor! ¡Te lo ruego! ¡Perdóname! —dijo Alejandro, desesperado.
—Eso pensé. En efecto, debería de sentirte avergonzado —dijo Valeria, tirando de sus huevos una vez más antes de que ella se volviese a acostar en el sofá, y reposase sus pies sobre el pecho de su primo —te doy treinta segundos para descansar, ¡y después más te vale que empieces a sobar!
A pesar de que Alejandro no podía cargar con el peso de un dolor destroza almas, su miedo de Valeria en ese momento era mayor, por lo que empezó a sobar sus piecitos antes de que siquiera llegase al segundo treinta. En sus 18 años de conocerla, esta era la primera vez que ella actuaba de tal manera tan mandona y dominante.
Aunque a Valeria sí le dolían sus pies, más que nada quiso que Alejandro se los sobara para molestarlo, y porque todavía seguía molesta por sus comentarios. Genuinamente pensaba que a Alejandro le desagradaban los pies, y por lo tanto quería hacerlo sufrir haciendo que le sobase sus patitas. ¡Uy, si tan solo hubiese sabido!
Como la mayoría de latinos, muchas familiares mujeres habían hecho que Alejandro les masajeara sus pies; su mamá, sus hermanas mayores, y hasta la tía Andrea. Al fin y al cabo, esa fue la causa del origen de su fetiche de pies. Prácticamente era ya todo un experto, y Valeria terminó disfrutando el masaje tremendamente. En momentos, cuando Alejandro paraba de sobarle los pies debido al dolor que todavía seguía padeciendo, Valeria le daba un pequeño golpe con su pie, tal como uno haría para hacer que un caballo acelere.
—¡Vaya, esto se siente divino! Ahora entiendo porque mi mamá siempre te pedía que le sobaras sus patitas. ¿Quien hubiese pensado que eras bueno en esto? Excelente, este será un fin de semana muy relajante, ¿apoco no, primo? —dijo Valeria, dándome un golpecito más a sus testículos con su pie moreno, mientras se reía levemente y seguía viendo la rosa de Guadalupe en la tele. En efecto, las vacaciones de Alejandro todavía no acabarían ahí.